La aventura

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No perdí el control; le ataqué de nuevo, a ciegas, como si estuviese boxeando con los ojos inyectados en sangre, pero con los dientes apretados.

—Solía usted comprarle cosas al viejo Ramón —le dije yo—; las compraba para que el almirante cargase con ellas sus fragatas; cosas que luego él vendía en Key West.

—Esa es una de las mentiras que el canalla de David Macdonald hizo circular contra nosotros.

—Usted le compraba cosas… incluso aunque tuviese vigilado su almacén.

—¡Vaya por Dios! —dijo.

—Solía usted comprarle cosas… —precisé yo.

De pronto miró al abogado del Rey, el cual bajó los ojos.

—Jamás en toda mi vida he comprado nada —dijo él.

Yo sabía que el hombre le había comprado cosas a Ramón; el mismo Ramón me había hablado de la compra que había hecho por cuenta del almirante de más de cien sacos de café estropeado por treinta libras. Me puse locamente furioso. Estrellé la mano contra los barrotes de la barandilla que estaba frente a mí y aunque vi moverse hacia mí otras manos, impulsivamente, no me di cuenta que me había atravesado el brazo y la sangre corría.


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