La aventura

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—Perjuro —grité—. Fue el mismo Ramón quien me lo dijo.

—Ah, tenía usted mucha intimidad con Ramón… —dijo él.

Le dejé retirarse. Estaba perdido. Alguien de abajo dijo con voz desabrida: «Con eso concluye nuestro caso, milores», y un susurro recorrió todo el tribunal. El viejo lord Stowell se estremeció ligeramente delante de mí, miró a la ventana y luego dijo:

—Acusado, el procedimiento le permite, si desea añadir algo, dirigirse al jurado. Más tarde, si tiene usted un abogado, él puede llamar e interrogar a sus testigos, si es que tiene usted alguno.

Aumentó la oscuridad en la sala. Yo empecé a contar mi historia; era tan simple, tan evidente, tan esclarecedora… y sin embargo yo sabía que era inútil.

Recordé que, mientras estuve en la celda, había resuelto estar muy sobrio; muy lúcido desde el comienzo.

—Tal día, desembarqué en Kingston, convirtiéndome en aprendiz en la propiedad de mi cuñado, sir Ralph Rooksby, de Horton Priory, en Kent.


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