La aventura
La aventura Me lo tomé con calma y estuve lúcido al hablar. Miré fijamente a la cara a la chica joven del banco. Lo recuerdo tan bien. Sus ojos contemplaban fijamente mi mano, como fascinados. Al tratar de cambiarla de sitio, descubrí que la retenía el barrote en el que la había clavado. La aparté despreocupadamente y sólo sentí un ligero dolor, como un alfilerazo; pero la sangre goteaba en el suelo, zas, zas. Más tarde, un hombre encendió unas velas en la mesa de los jueces y la sala tomó un aspecto diferente. Había espesas sombras por todas partes, y el rostro iluminado de lord Stowell parecía más severo, menos amable, más anticuado, más herméticamente cerrado a cualquier vislumbre de compasión. Abajo, los abogados de la acusación estaban reclinados con los brazos cruzados, como leñadores descansando durante una pausa en la tala de un árbol grande. Los abogados que estaban allí como meros oyentes me miraban de vez en cuando. Le oí decir a uno de ellos: «A este hombre deberían vendarle la mano». Conté la historia de mi vida, era lo único que podía hacer.