La aventura
La aventura —En cuanto a Ramón, ¿cómo iba yo a saber que estaba al servicio de los piratas, suponiendo que lo estuviese? Juro que no lo sabía. Todo el mundo en la isla había tenido trato con él, incluso el almirante. Esto no es ninguna calumnia. Les doy mi palabra de honor de que el almirante también tuvo tratos con él. Algunos de ustedes han tenido tratos con falsarios, pero eso no les convierte en falsarios.
Me animé… encontré las palabras adecuadas. Contaba la historia para aquella chica joven. De pronto vi el rostro blanco de mi padre mirándome furtivamente entre la cabeza de un anciano con una nariz enorme y una corpulenta dama que llevaba una capa marrón con esclavina, como la de los vigilantes nocturnos. Me sonrió de pronto y me hizo señas con la cabeza una y otra vez, abriendo y cerrando los ojos, agitando una mano a hurtadillas. Eso me distrajo, me desconcertó, me hizo perder la calma. Fue como si algo se hubiese roto. De lo que siguió recuerdo muy poco; creo haber citado al prisionero de Chillón, porque él me lo metió en la cabeza.