La aventura
La aventura Me pareció estar otra vez de nuevo en Cuba. Debajo de mí, los abogados seguían hablando. El abogado del Rey sacó un pañuelo de color pardo rojizo y lo agitó con miras a sonarse la nariz. De él subió una oleada de perfume de haba de las Indias Occidentales, dulce y fresco. Lo había olido por última vez en Río; la sensación fue tan fuerte que no habría podido decir en dónde me encontraba. Las velas derramaban sobre la mesa de los jueces su resplandor amarillento, tan parecido al que brillaba en la celda donde Nichols y el cubano habían practicado la esgrima. Creí estar otra vez de regreso en Cuba. La gente del tribunal desapareció en las espesas sombras. Por momentos, la voz me faltaba. Luego, empezaba a hablar de nuevo.
Si había alguna posibilidad de que salvase la vida, tenía que contar todo lo que me había pasado —y contarlo de una manera gráfica—, debía contar la historia de mi vida; y me vino a la mente mi vida entera. Lo esencial en mi vida era Serafina; en su voz hablaba toda Cuba, toda España, toda la aventura. Me puse a hablar del anciano don Baltasar Riego. Empecé a hablar de Manuel-del-Popolo, de su camisa roja, sus ojos negros, su mandolina; volví a ver la luz vacilante de sus hogueras al otro lado del barranco, frente a la cueva.