La aventura
La aventura Y metí todo eso en mi historia, la historia que le estaba contando a aquella chica joven. Sabía muy bien que me estaba captando al público; sabía cómo hacerlo, lo llevaba en la sangre. Mi anciano padre, macilento, de párpados reducidos, que me guiñaba un ojo y me hacía señas con la cabeza, había sido uno de los mejores narradores que hubo jamás. Yo sabía cómo arreglármelas. En medio de las sombras negras que proyectaban las paredes de la sala del tribunal, podía sentir todos los ojos fijos en mí; podía ver los labios entreabiertos de la chica joven, mientras se inclinaba más hacia mí. Lo sabía porque, cuando uno de los abogados de abajo elevó la voz, alguien en la sombra siseó «Chisss…». Y de pronto me pasó por la cabeza que, aunque salvara mi vida contando todas esas cosas, sería completamente inútil. Ya nunca podría volverme atrás; jamás volvería a ser un muchacho; nunca más oiría la auténtica voz de la Isla-Siempre-Fiel. ¿Qué podía importar eso, aunque me escapase; aunque pudiese volver atrás? El mar seguiría estando allí, el cielo, las silenciosas y vagas colinas, el oleaje indiferente; pero yo ya no estaría allí, de una vez para siempre sería otra persona. Jamás vería amanecer en las aguas tranquilas del puerto de La Habana, nunca más estaría con Serafina muy cerca de mí en la pequeña drogher. Sólo me quedaba ver cómo se desarrollaba esta lucha, y luego acabar con ella. Recuerdo la profunda amargura de este sentimiento y la singularidad de todo aquello; recuerdo un «yo» que sentía eso, y otro que desvariaba delante de un grupo de idiotas boquiabiertos, de tres jueces viejos y de una chica joven. Y, cosa extraña, los pensamientos de uno de esos «yo» flotaban a través de las palabras del otro, que parecía agitar las manos en su lucha definitiva, casi enfrente de mí.