La aventura
La aventura De las espesas sombras surgieron unos gritos de mujeres y unas maldiciones. Vi que mi chica joven se llevaba las manos a la cara y las pasaba lentamente, muy lentamente, desde su silla al suelo, fuera de mi vista. La gente titubeaba no sabiendo qué camino tomar. Todavía me quedaban cosas por decir, pero las olvidé, preocupado como estaba por la chica joven. El llavero me tiró de la manga, diciendo:
—Escuche, eso no es cierto, ¿verdad que no?
Dado que él parecía desear que aquello no fuese cierto, por un momento mi éxito me hizo rebosar de orgullo. Les había hecho ver las cosas.
Un momento después, comprendí la inutilidad de todo aquello. Pese al estado de semilocura en que me encontraba, yo no era ningún tonto. El verdadero sentido de aquel lugar me vino a la memoria, estaba en el «Tribunal de Justicia». El abogado del Rey cuchicheó algo al fiscal general, hizo un gesto con la mano, primero en mi dirección, luego hacia el jurado; después ambos rieron, asintiendo con la cabeza. Estaban al tanto de todo lo mío y allí arriba había siete comerciantes de las Indias Occidentales que en un instante se acordarían de sus bolsillos. Pero no me importaba. Les había hecho ver las cosas.