La aventura
La aventura —No deben escucharle, milores —ladró una voz fuerte—. En Rex contra Marsupenstein…
—Ah —gritaron numerosas voces a la vez—, pero aquello era diferente, señor abogado. No podÃan obligarle a comparecer, ya que estaba en una situación de extra lege commune. Pero si se ofrece espontáneamente a declarar…
Las velas parecieron agitarse deliberadamente como las copas de los olmos durante un vendaval.
—Escribano —gritó alguien—, vaya a buscar el tomo XIII… Creo que lo encontrará allÃ… ¿Se acuerda del caso de Hildeshein contra Roe…? ¿No se trataba de Hildegaulen y otro, milores?… Yo juzgué el caso personalmente. El plenipotenciario prusiano…
Hubiese querido gritarles que era inútil que siguieran poniendo a prueba sus gargantas secas; que, habiendo quemado mi último cartucho, me daba por vencido. Pero no me quedaban ya palabras, estaba agotado. «La noche pasada no dormà nada», me sorprendà murmurándome a mà mismo.
El juez que dormÃa se despertó de repente y gruñó:
—¿Por qué no seguimos, en el nombre del Cielo? Tenemos toda la noche por delante. Que llamen al segundo nombre de la lista. Podemos oÃr al embajador español, una vez que se hayan puesto ustedes de acuerdo. Por mi parte, creo que deberÃamos oÃrle…