La aventura

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Comenzaron una interminable discusión a media voz.

—Es esa apuesta de lord March… correr un kilómetro y medio, caminar otro, comer dos kilos y cuarto de cordero, beber dos litros y medio de clarete. No, no es eso… el coche de Medmenham todavía no ha llegado… los caminos están muy encenagados… Eso es. ¿Qué otra cosa podría interrumpir al tribunal a estas horas de la noche? No es eso; en tal caso, el juez Best se habría despertado para cubrir sus apuestas.

Con una especie de vértigo observé que el fiscal general se abría paso cuidadosamente entre los bancos, de regreso al grupo de abogados de la acusación, y sus pelucas se juntaron en un racimo como espigas de maíz reunidas en gavillas. Las cabezas del resto de abogados parecían espigas sin recolectar. Un hombre con rostro de comadreja gritó a otro hombre con cara de diablo, que abandonaba la sala, algo acerca de un embajador. El otro se detuvo, se volvió y depositó su bolsa de nuevo. Oí decir a sir Robert Gifford con voz profunda: «¿Qué?… ¡Jamás!… demasiado infamante…», y luego el interés y la luz parecieron apagarse simultáneamente. Apenas podía comprender lo que pasaba. Unas voces ásperas, secas, se gritaban unas a otras, como si sus dueños no hubiesen respirado más que polvo durante años y años.


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