La aventura
La aventura —Era lógico que su respetado primo, el hidalgo, me consultase cada vez que deseaba ir a una ciudad de Cuba. ¿A quién si no podrÃa haberse dirigido? Usted mismo, señor, o su excelencia mÃster Topnambo, si quisieran saber qué barcos es probable que zarpen, de aquà a un mes, con dirección a La Habana, Nueva Orleáns o cualquier otro puerto del golfo, también me lo preguntarÃan. Nada más lógico. Mi negocio, mi comercio, consiste en saber esas cosas. Asà me gano el pan. Pero en cuanto a RÃo Medio, no conozco ese lugar —habÃa una pizca de ironÃa en su voz tranquila—. Sin embargo, es muy cierto —prosiguió— que si su gobierno no hubiese reconocido el derecho a hacer la guerra a la colonia rebelde de México, no habrÃa patentes de corso, ni malditos corsarios mexicanos, y ni yo, ni nadie más en la isla, estarÃamos ahora perdiendo miles de dólares todos los años.
Esa era la eterna queja de todos los españoles de la isla… y de no pocos plantadores ingleses y escoceses. España estaba ya a punto de perder las colonias mexicanas cuando Gran Bretaña habÃa reconocido la existencia de un estado de guerra y un gobierno mexicano. Las patentes de corso mexicanas habÃan invadido el golfo inmediatamente. Ningún tipo de barco estaba a salvo de ellos y España francamente no podÃa impedir que pululasen por la costa de Cuba… la Isla-Siempre-Fiel.