La aventura

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—¿Qué puede hacer España —dijo Ramón con amargura— cuando vuestro almirante Rowley, con sus grandes buques, es incapaz de lograr que los mares se libren de ellos? —bajó la voz—. Sepa usted, joven señor, que Inglaterra perderá la isla de Jamaica por este asunto. Usted mismo es un separatista, ¿o no lo es?… ¿No? Sin embargo, vive con los separatistas. ¿Qué puedo yo decirle? Mucha gente afirma que es usted uno de ellos.

Sus palabras me causaron una sensación francamente desagradable. No tenía ni idea de que fuese un separatista; me consideraba bastante leal. Pero de pronto comprendí, y por vez primera, hasta qué punto podía yo parecer que era uno de ellos.

—En cuanto a mí —continuó Ramón, impasible—, yo no soy nadie. Estoy contento de que la isla siga siendo inglesa. Nunca más será española, ni yo deseo que eso ocurra. Pero en cuanto a nuestro irascible amigo —levantó una mano delgada y morena en dirección al letrero del Buckatoro Journal—, su periódico está haciendo mucho daño. Creo que el almirante o el gobernador lo meterá en la cárcel. Piensa huir, llevándose su periódico a Kingston; acabo de comprarle los muebles de su oficina.

Le miraba y me preguntaba qué sabría, pese a su impasibilidad; qué ocultarían aquellos ojos oscuros en las profundidades de su inescrutable mente española.


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