La aventura
La aventura Se inclinó hacia mí ligeramente.
—Las cosas van a empezar a ponerse feas —dijo.
En Jamaica se debatía en aquellos días (y seguiría estándolo durante muchos años después) un grave problema. El problema era, naturalmente, la abolición de la esclavitud. Los plantadores, por regla general, eran inmensamente ricos y autoritarios. Decían: «Si el gobierno local trata de abolir nuestro sistema de esclavitud, nosotros aboliremos el gobierno local y pediremos protección a Estados Unidos». Eso era, por supuesto, una traición; pero también lo era que el gobernador, el duque de Manchester, hubiese hecho oídos sordos, fingiendo no haberse enterado. Los plantadores tenían otra queja: los piratas del golfo de México. Había uno en particular, un tal El Demonio o Diablito, que prácticamente cerraba el paso a la Florida. Era muy difícil garantizar un cargamento y los plantadores lo sentían con frecuencia en su propio bolsillo. Lo cierto es que, durante los dos últimos años, El Demonio había saqueado al menos un barco cada semana, como si quisiera hacerle el juego a los periódicos separatistas de Kingston. Los plantadores decían: «Si el gobierno local quiere inmiscuirse en nuestros asuntos internos, nuestros esclavos, que empiece por limpiar nuestros mares… Que ahorque a El Demonio…».