La aventura

La aventura

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Aquel día mi primo Rooksby se había prometido a mi hermana Verónica y yo experimenté un doloroso arrebato de celos. Me encontraba en los huesos, tenía el pelo rubio, la piel sana, curtida por la intemperie, buenos dientes y ojos marrones. No había llevado una vida muy feliz; había vivido encerrado en mí mismo, pensando en el vasto mundo fuera de mi alcance, que parecía ofrecer infinitas posibilidades de romance, de aventura, tal vez de amor y de inagotables reservas de oro. En mi familia sólo contaba mi madre; mi padre, para nada. Era ella hija de un conde escocés que se había arruinado una y otra vez: había sido inventor y promotor. Mi madre, una belleza sin fortuna, se había criado en la granja donde todavía vivimos, el último pedazo de tierra que le había quedado a su padre. Se había casado con un buen hombre, en su estilo, bastante buen partido, moderadamente acomodado, muy afable, fácilmente influenciable: en fin, un diletante y un poco soñador también. Él la había arrastrado al vértigo de la Regencia y su bolsa no había resistido. Así que mi madre, imponiendo su voluntad, se había empeñado en regresar a la granja que había recibido en dote. No tuvieron más alternativa que una vida miserable e ignominiosa en Calais, a la sombra de Brummel y similares.




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