La aventura
La aventura Mi padre solía pasar el día entero junto al fuego, anotando «ideas» en una libreta de vez en cuando. Creo que estaba escribiendo un poema épico y supongo que, pese a su incompetencia, era feliz a su manera. Tenía el pelo rojo, ralo y desgreñado, a falta de un ayuda de cámara, una nariz brillante, delicada y ganchuda, ojos azules con escasos párpados, y un rostro con la textura y el color de una cereza garrafal. Solía pasar los días en un sillón con capota. Mi madre lo dirigía todo; vivía al aire libre, lo cual daba a su rostro el color de una manzana reineta. Tenía el rostro de una matrona romana: los labios apretados, los ojos marrones e implacables. Se puede comprender el tipo de mujer que era por la clase de peones que empleaba en su granja: contrabandistas y malhechores nocturnos… eso le gustaba. El tipo de campesino decente, corto de entendederas, algo tortuoso, no podía vivir a expensas de ella. Sus vecinos declaraban que la granja de lady Mary Kemp era un semillero de disturbios. Yo también lo creo; tres de nuestros hombres fueron ahorcados en Canterbury, el mismo día, por robar caballos y provocar incendios… De cualquier manera, así era mi madre. En cuanto a mí, me encontraba a sus órdenes y, dado que tenía mis propias aspiraciones, pasé una infancia más bien amarga. Y había otros con los que podía compararme. En primer lugar estaba Rooksby: un joven terrateniente vecino nuestro, simpático, afable y bienhablado; el joven sir Ralph, como era llamado, gozaba de la popularidad general y estaba enamorado de mi hermana Verónica desde la infancia. Verónica era muy guapa, muy amable y muy bondadosa; alta, delgada, con los hombros caídos, largos brazos, cabellos de color ámbar y ojos azules siempre asustados… hacía buena pareja con Rooksby. Rooksby tenía también parientes extranjeros. El tío del que había heredado el priorato se había casado con una Riego, que era castellana, durante la guerra de independencia española. En aquella época fue hecho prisionero y había muerto en España, creo. Con ocasión de su viaje a ese país, Ralph había conocido a sus parientes españoles, los Riego; solía hablar de ellos a menudo y Verónica solía repetir lo que él decía, hasta que llegaron a representar para mí la Aventura, la aventura de ultramar. Un día, un poco antes de que Ralph y Verónica se comprometieran, estos españoles cayeron del cielo. De repente la Aventura surgía ante mis ojos. ¡La Aventura! No se imaginan lo que significaba para mí hablar con Carlos Riego.