La aventura
La aventura Rooksby fue bastante amable. Me invitó al priorato, donde conocí a las dos jóvenes solteras, primas segundas suyas, que le llevaban la casa. Sí, Ralph era amable; pero yo más bien le odiaba por eso y me alegré un poco cuando él también tuvo que padecer algunos de los tormentos de los celos… celos de Carlos Riego.
Carlos era moreno y con una distinción que hacía sombra a Ralph, como el mismo Ralph me la hacía a mí; además, Carlos había visto más mundo que Ralph. Su sentido del humor típicamente extranjero le predisponía a sacrificar su dignidad personal: hacía sonreír a Verónica e incluso, a su pesar, le sacaba más de una sonrisa a su madre; sin embargo, a Ralph le hizo pasar malos ratos. Es un misterio cómo vino a estos parajes. Cuando Ralph se enfadaba con este pariente español, solía jurar que Carlos le había cortado el cuello o le había robado la bolsa a alguien. En otros tiempos solía decir que se trataba de una cuestión política. En resumidas cuentas, Carlos contaba con la hospitalidad del priorato y con el título de conde, cuando decidiese hacer uso de él. Se llevó con él a un acompañante, a la vez amigo y sirviente: un hombre bajo, barrigudo y con barba, que decía haber servido en las tropas españolas de Napoleón y que solía golpearse el pecho de una forma peculiar con su mano de madera (su brazo se vio afectado por una carga de la caballería) exclamando: «Yo, ¡Tomás Castro!…». Era andaluz.