Nostromo
Nostromo Carlos hablaba con los alcaldes, con los fiscales, con la gente principal de las ciudades y con los caballeros en sus haciendas. Los comandantes de los distritos le ofrecían escoltas, atendiendo a la autorización que presentaba, expedida por el jefe político de Sulaco. Cuánto le había costado este documento en monedas de oro de veinte dólares era un secreto entre él mismo, un gran financiero de los Estados Unidos (que se dignó contestar el correo de Sulaco por propia mano) y un personaje de cuenta, muy diferente del anterior, de color cetrino y mirada aviesa, que ocupaba entonces el Palacio de la Independencia en Sulaco y se preciaba de su cultura y europeísmo, de ordinario al estilo francés, porque había pasado algunos años en Europa —desterrado, según decía—. Pero era bastante sabido que precisamente antes de ese destierro había perdido al juego temerariamente todo el dinero de la aduana de un pequeño puerto, donde un amigo que estaba en el poder le había colocado con el empleo de segundo recaudador. Aquella juvenil indiscreción tuvo, entre otros inconvenientes, el de obligarle a ganarse la vida por algún tiempo haciendo de mozo de café en Madrid; pero con todo eso, sus talentos debían ser grandes, ya que le permitieron rehacer su carrera política de un modo tan brillante. Carlos Gould, al exponerle un asunto con firmeza imperturbable, le dio el tratamiento de Excelencia.