Nostromo

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Mas, cuando la situación fue puesta en peligro por el «bruto de Montero» repentinamente —aunque no de un modo inesperado—, la vehemente indignación de don José es la que pareció reanimarle a nueva vida. Ya en los días de la visita del presidente-dictador a Sulaco, Moraga había dado una nota de alarma, desde la capital de la República, sobre el ministro de Guerra. Montero y su hermano fueron objeto de una grave conferencia entre el jefe de Estado y el Néstor inspirador del partido. Pero don Vicente, doctor en filosofía de la Universidad de Córdoba, parecía sentir un respeto exagerado por los talantes militares, y su imaginación de intelectual veía en ellos algo misterioso que le impresionaba. El vencedor de Río Seco era un héroe popular. Sus servicios estaban tan recientes, que el presidente-dictador temblaba ante la obvia acusación de ingratitud política. Por otra parte se habían iniciado grandes negociaciones regeneradoras —el último empréstito, una nueva línea de ferrocarril, un vasto plan de colonización—. Había que evitar a todo trance todo lo que pudiera sobresaltar la opinión pública en la capital. Don José concedía gran importancia a estos argumentos, y se esforzaba por sacudir de su cerebro la pesadilla del prestigioso soldadote, a quien su uniforme galoneado de oro, enorme sable y brillantes botas de montar no libraban de quedar reducido a una figura sin importancia —así lo esperaba el antiguo diplomático— en el nuevo orden de cosas. ¡Deplorable ilusión!


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