Nostromo
Nostromo «Era mucho hombre», decían de él, áspero de lengua cuando se enojaba, propasándose a decir verdaderos insultos, incansable en imponer tareas, y que se hacía temer sobre todo por su retraimiento y hosquedad. Pero, con todo eso, aquel día estuvo al frente de ellos en la lucha contra la canalla, allanándose a dirigir advertencias en son de broma, cuándo a uno, cuándo a otro.
Su manera de ejercer el mando fue alentadora y eficaz, pues realmente todo el daño que el populacho logró causar se redujo al incendio de una —una sola— pila de durmientes de la vía, que por estar creosotados ardieren como teas. El principal ataque dirigido contra los cercados del ferrocarril, las oficinas de la O.S.N. y en especial contra la Aduana, un gran tesoro en lingotes de plata, fracasó enteramente. Aun el hotelito, propiedad del viajo Giorgio, que se alzaba aislado entre el puerto y la ciudad, escapó al saqueo y la destrucción, no por un milagro, sino porque los revolucionarios en el primer momento sólo pensaron en perseguir a los fugitivos, y después les faltó la oportunidad a causa de las duras embestidas de Nostromo y sus cargadores.