Nostromo

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En su mudo despecho sintió afluirle las lágrimas a los ojos al pensar en las innumerables pieles que se echarían a perder en la soñolienta extensión del Campo, con sus palmeras aisladas que se alzaban como barcos en el mar dentro del círculo perfecto del horizonte, con sus grupos de árboles frondosos, semejantes a islas sólidas de follaje sobre el undoso movimiento de la hierba. Allí había pieles pudriéndose, sin provecho para nadie —pudriéndose donde las habían dejado los hombres llamados con urgencia a atender las necesidades de las revoluciones políticas—. El alma práctica y mercantil del señor Hirsch se revelaba contra aquella locura, mientras, desconcertado y respetuoso, se despedía del poder y majestad de la mina de Santo Tomé en la persona de Carlos Gould. No pudo menos de expresar su pesadumbre con un murmuro, arrancado del corazón.

—Todo esto es una gran insensatez, una locura inmensa, don Carlos. El precio de las pieles en Hamburgo sube incesantemente. Por supuesto, el gobierno riverista pondrá fin a este estado de cosas… cuando logre establecerse con firmeza. Entre tanto…

Y se interrumpió con un suspiro.

—Sí, entre tanto… —repitió Carlos Gould con reserva inescrutable.


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