Nostromo
Nostromo El otro se encogió de hombros, pero no estaba dispuesto a retirarse. Había un asuntillo, que anhelaba vivamente tratar, si se le permitía. Explicó, en efecto, que tenía algunos buenos amigos en Hamburgo (y citó el nombre de la sociedad), muy deseosos de hacer negocio con dinamita. Un contrato con la mina de Santo Tomé para surtirla del explosivo, y después con otras minas, que seguramente… El hombrecillo de Esmeralda iba a extenderse en explicaciones, pero Carlos le interrumpió. La paciencia del señor administrador parecía haberse agotado al fin.
—Señor Hirsch —le dijo—. Tengo almacenada en la montaña dinamita bastante para hacerla rodar al valle y —añadió alzando la voz— para volar, si se me antoja, la mitad de Sulaco.
Y sonrió al observar el sobresalto reflejado en los ojos del tratante en pieles, que musitó apresurado:
—Lo creo, lo creo.