Nostromo
Nostromo —Pues no me pidan ustedes a mà el explosivo —replicó Carlos Gould muy sereno—. No tengo ni una onza disponible para nadie. Ni para mi hermano, suponiendo que le tuviera, y que fuera ingeniero en jefe del ferrocarril más prometedor del mundo.
—Y eso ¿qué significa? —preguntó el ingeniero jefe con calma—. ¿Malevolencia?
—No —respondió Gould con firmeza—. PolÃtica.
—Radical, a mi juicio —comentó el otro desde la puerta.
—¿Cree usted haber usado la palabra propia? —interrogó Carlos desde el centro de la sala.
—Quiero decir que llega a las raÃces, ¿sabe usted? —explicó el ingeniero en tono de broma.
—¡Ah! Esto sà —afirmó el otro con aplomo—. La concesión Gould ha echado tan hondas raÃces en el paÃs, en esta provincia, en la garganta de la montaña, que sólo la dinamita será capaz de desalojarla de allÃ. En ella se cifra mi suprema aspiración. Es la última carta que jugaré.
—Bonito juego —replicó el ingeniero jefe con un retintÃn de inteligencia y silbando suavemente—. Y ¿le ha hablado usted a Holroyd de ese triunfo extraordinario que tiene usted en la mano?