Nostromo
Nostromo «Yo le imité, pero no llegué a tiempo de incorporarme al grupo par salvar al forastero, cuya cabalgadura se había desplomado. Reconocido por la chusma como uno de los odiados aristócratas, me tuve por dichoso de poder refugiarme en el club, donde don Jaime Berges (recordarás que nos visitó en nuestra casa de París hace tres años) me puso en la mano una escopeta de caza. En el club estaban haciendo fuego ya desde las ventanas. Sobre las mesas de juego desplegadas había montoncitos de cartuchos. En el local se veían sillas derribadas, botellas rodando por el suelo entre barajas, esparcidas al suspender bruscamente los caballeros su pasatiempo para disparar contra la multitud. Casi todos los jóvenes habían pasado la noche en el club, esperando algún alboroto. En dos candelabros que ardían sobre las consolas, las bujías se habían consumido hasta las arandelas. Una gruesa tuerca de hierro, robada probablemente de los talleres del ferrocarril, arrojada desde la calle en el momento de entrar yo, rompió uno de los espejos que adornaban la pared».