Nostromo
Nostromo —¡Qué pronto nos abandona! ¡Ya se ve! Como aquà no puede ganarse elogios de los extranjeros… —comentó en tono trágico la signora Teresa—. ¡Avanti! ¡SÃ! Eso es lo que a él le entusiasma. Ser el primero en todas partes y de cualquier modo…, ser el primero para esos ingleses, que andan presentándole a todo el mundo diciendo: «¡Este es Nostromo!». (Y prorrumpió en una carcajada sarcástica). ¡Nostromo! ¡Que nombre más estrafalario! ¿Qué es eso de Nostromo? ¡Y se conforma con que le den ese nombre, que ni siquiera es de su lengua!
Entretanto Giorgio habÃa estado desatando la puerta, después de retirar con gran calma los obstáculos que formaban la barricada; cuando la abrió, una oleada de luz envolvió a la signora Teresa y sus dos hijas acurrucadas a un lado y otro; asà iluminadas, ofrecieron a la vista un grupo escultórico, en que la primera aparecÃa como la encarnación del amor maternal exaltado. A su espalda la pared deslumbrada de blancura, mientras los crudos colores de la litografÃa de Garibaldi palidecieron al influjo de la luz solar.