Nostromo
Nostromo El viejo Viola, en la puerta, levantó el brazo, como refiriendo sus rápidos y fugaces pensamientos a la imagen de su antiguo jefe, colgada del muro. Aun en los momentos en que preparaba la comida para los signori inglesi —los ingenieros (sus guisos gozaban de gran fama, a pesar de las malas condiciones de la cocina)—, aun entonces estaba, por decirlo asÃ, bajo de la mirada del gran hombre que habÃa sido su caudillo en una lucha gloriosa, en la que, al pie de los muros de Gaeta, hubiera muerto para siempre la tiranÃa, a no ser por la maldita raza piamontesa de reyes y ministros.
Cuando a veces se quemaba una sartén durante la delicada operación de freÃr picadura de cebolla, y el viejo salÃa por el portal huyendo de los acres hedores del humo, jurando y tosiendo con violencia, sacaba a relucir el nombre de Cavour —el archi-intrigante vendido a los reyes y a los tiranos—, envuelto en las imprecaciones que lanzaba contra las criadas del servicio general de la cocina, y contra el bárbaro paÃs en que se veÃa forzado a vivir por amor a la libertad, estrangulada por aquel traidor.
Entonces la signora Teresa salÃa por otra puerta, avanzando majestuosamente y solÃcita, movÃa su elegante cabeza expresando grave contrariedad, abrÃa los brazos y exclamaba en tono alto y sentido: