Nostromo

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—¡Giorgio! ¡Qué geniazo de hombre! ¡Misericordia Divina! ¡Salir al aire libre con un sol como éste! Te pondrás enfermo.

Mientras así clamoreaba, las gallinas huían ante ella en todas direcciones a grandes zancadas. Si por acaso había en el hotel algunos ingenieros ingleses, de residencia en Sulaco, aparecían una o dos caras jóvenes en la sala de billar, que ocupaba un extremo de la casa; pero en el otro extremo, en el café, Luis el mulato se guardaba muy bien de asomar. Las criadas indias, desgreñadas, las negras melenas flotando al viento, en camisa y enaguas cortas, erguidas las frentes surcadas por líneas en ángulo recto, se quedaban extáticas, escuchando con mirada inerte.

El rumoroso chirrido de la grasa cesaba, el humo subía en parda nube bañada de sol, y un fuerte olor a cebolla quemada se difundía por el ambiente cálido y somnoliento de los alrededores de la casa.

Ante la padrona dilataba su extensión una pradera que se prolongaba sin término hacia el oeste, como si la llanura tendida entre la sierra que campeaba sobre Sulaco y la remota cordillera en dirección a Esmeralda abarcara medio mundo.

Después de una pausa impresionante, la signora Teresa reanudaba sus recriminaciones.


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