Nostromo

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—Ea, Giorgio, deja en paz a Cavour y cuida un poco más de tu salud, sobre todo ahora que estamos perdidos en este país, solos con dos niñas; y todo porque tú no puedes sufrir el gobierno de un rey.

Y mientras miraba a su esposo, se llevaba alguna vez apresuradamente la mano al costado con una leve contracción de sus finos labios y frunciendo las negras cejas de recto trazado, como si un dolor agudo o un impulso de ira perturbaran la hermosa regularidad de sus facciones.

Era dolor lo que sentía, y ella dominó sus manifestaciones. La había acometido por primera vez a los pocos años de haber dejado Italia para emigrar a América y establecerse en Sulaco, después de peregrinar de ciudad en ciudad, probando fortuna con tenduchos, y hasta en cierta ocasión con una pesquería establecida en Maldonado, porque Giorgio, como el gran Garibaldi, había sido marino en su mocedad.

A veces le faltaba paciencia para soportar el dolor. Por espacio de años sus punzadas la habían robado el sosiego para contemplar el paisaje formado por la masa de agua del puerto, protegida por los fragosos estribos de la sierra, y hasta la habían hecho pesada y tétrica la luz del sol. ¡Cuan distinto era éste del de su juventud, cuando Giorgio, ya en edad madura, la había cortejado con apasionada gravedad en las márgenes del golfo de Spezzia!


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