Nostromo

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—Entra ahora mismo, Giorgio —le ordenó—. Es para pensar que no te apiadas de mí, teniendo como tengo que atender a tres signori inglesi, que se hospedan en casa.

—Va bene, va bene —solía murmurar el increpado.

Giorgio obedeció. Los signori inglesi necesitaban tomar sin dilación su refección meridiana, y el padrone prestó su ayuda. Entonces solía contar sus hazañas de soldado en la banda de invencibles libertadores, que habían hecho huir a los mercenarios de la tiranía, como broza barrida por el huracán… ¡un uragano terribile! Pero de esto hacía ya muchos años, antes de casarse y tener hijos, y antes que la tiranía hubiera alzado de nuevo su cabeza entre los traidores, que habían encarcelado a Garibaldi, su héroe.

En la fachada de la casa se abrían tres puertas; y todas las tardes podía verse al garibaldino en una u otra, con su profusa melena de cabello blanco, los brazos cruzados, una pierna doblada por delante de la otra, apoyando la leonina cabeza contra el dintel y los ojos fijos en las frondosas vertientes de las colinas, coronadas por la nevada cima cupuliforme del Higuerota.


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