Nostromo
Nostromo —Cierto. Supongo que no distamos de las islas más que una milla aproximadamente. Deje usted reposar los brazos, señor, si es eso lo que quiere usted decir. No hallará usted otra clase de descanso, se lo prometo, después de haber ligado su suerte a este tesoro, cuya pérdida no empobrecería a nadie. No, señor; no hay descanso hasta que hallemos un vapor destinado al norte, o en caso contrario nos halle a nosotros otro barco, muertos sobre la plata del inglés. O antes que eso…, no, ¡por Dios!, abriré con el hacha un boquete en el costado de la gabarra por debajo de la línea de flotación, sin aguardar a que el hambre y la sed me roben las fuerzas. Por todos los santos y diablos juro que echaré a pique el tesoro antes que entregárselo a ningún extraño. Ya que los caballeros se han dado el gustazo de encomendarme tal encargo, aprenderán que no se han equivocado al escogerme para la empresa.
Decoud se había tendido acezando sobre los arcones de la plata. Todas sus impresiones y sentimientos de lo pasado hasta donde su memoria le permitía recordar, le parecían el más desatinado de los sueños. Hasta el amor apasionado de Antonia, que le había sacado de las profundidades de su escepticismo, en estos momentos se le presentaba despojado de toda apariencia de realidad. Pasajeramente se sintió invadido de una indiferencia en extremo lánguida, que no carecía de cierto encanto.