Nostromo
Nostromo Hasta tres veces penetraron allí cuadrillas de revolucionarios dando gritos y lanzando imprecaciones contra el padre Corbelán, en cuya busca iban; pero al caer la tarde, mientras seguía tendido de bruces entre la espesura, creyó morirse de miedo por el silencio que reinaba en aquel lugar. No explicó con gran claridad lo que le había impulsado a dejar su refugio; pero el hecho es que había salido y logrado escurrirse fuera de la ciudad por las desiertas callejuelas de detrás del convento. Vagó en la oscuridad por los alrededores de la vía férrea, tan enloquecido de terror, que no se atrevió a acercarse a las hogueras, hechas por los piquetes de obreros italianos que custodiaban la línea. Ocurriósele vagamente que podría hallar sitio seguro en los cercados de la estación, pero, al intentarlo, los perros se abalanzaron a él ladrando, los hombres empezaron a dar voces, y sonó un tiro disparado a la aventura. Huyó de las puertas de la verja de madera, y sin saber cómo, tomó la dirección de las oficinas de la Compañía O.S.N. Dos veces tropezó con los cadáveres de los muertos durante la refriega del día; pero lo que más le asustaba eran los vivos. A ratos permanecía agazapado, luego se arrastraba, andaba a gatas, o levantándose corría un trecho, guiado por su instinto de conservación, siempre en dirección contraria a las luces del ruido de voces. Tuvo la idea de arrojarse a los pies del capitán Mitchell y pedir refugio en las oficinas de la Compañía. Todo estaba allí en tinieblas cuando él se acercó avanzando sobre sus manos y rodillas, pero de pronto alguien que estaba de centinela le preguntó: «¿Quién vive?».