Nostromo
Nostromo A él fue también a quien acudió Hernández en busca de refugio cuando desertó tres años después. Llevaba puesto aún el uniforme con los galones de sargento en la manga, y no se había lavado la sangre del coronel que le manchaba las manos y el pecho. Tres de los soldados que habían partido en su persecución, con el secreto designio de recobrar la libertad, se le unieron en la huida.
El ranchero prosiguió refiriendo a Carlos Gould cómo él y unos cuantos amigos, al ver a los soldados, se habían emboscado detrás de unas rocas, prontos a hacer fuego sobre ellos, cuando de pronto reconoció a su compadre y salió del escondrijo pronunciando a voces su nombre, porque estaba seguro de que Hernández no podía volver con una misión de injusticia y tiranía. Esos tres soldados, junto con el grupo apostado detrás de las rocas, habían formado el núcleo de la famosa banda; y él mismo, el narrador, había sido el lugarteniente favorito de Hernández por muchos años. Mencionó con orgullo que las autoridades habían puesto también a precio su cabeza, a pesar de lo cual seguía sobre sus hombros cubriéndosele de canas. Y he aquí que había vivido bastante para ver nombrado general a su compadre.
Al decir esto prorrumpió en una risa ahogada.