Nostromo
Nostromo —Aquí nos tiene usted convertidos ahora de ladrones en soldados. Pero repare usted, caballero, en los que nos han hecho a nosotros soldados y a él general. ¡Repare usted en qué clase de gente son!
Ignacio el cochero voceó avisando a los transeúntes. El resplandor de los faroles del landó, al resbalar sobre los setos de nopal que coronaban los taludes de ambos lados, iluminó los asustados rostros de gente que caminaba por el borde de la ruta. Esta se hundía profundamente en el blando terreno del Campo, al modo de ciertas veredas de la campiña inglesa. A las voces del auriga los caminantes se apartaron; sus ojos muy abiertos brillaron un momento; y luego la luz, siguiendo su avance, cayó sobre la raigambre medio desnuda de un árbol gigantesco, sobre otro trozo de seto de nopal, y sobre un nuevo grupo de caras que se volvían angustiadas hacia el carruaje. Tres mujeres, una con una criatura, y dos hombres en traje de paisano, armados respectivamente con un sable y una escopeta, se apretujaron alrededor de un asno cargado de paquetes envueltos en colchas. Más adelante Ignacio volvió a vocear al encontrase con una carreta, especie de largo cajón de madera montado sobre dos ruedas altas, con una portezuela atrás dando golpes. Las señoras que ocupaban el tosco vehículo debieron reconocer las mulas blancas, porque preguntaron:
—¿Es usted, doña Emilia?