Nostromo

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En una curva del camino el brillo de una gran hoguera iluminaba un breve trecho de la ruta bajo de una bóveda de ramas entrelazadas.

Cerca del vado de una corriente somera un rancho, construido al lado del camino con zarzos de junco tejido y techo de hierba, se había incendiado por accidente, y las llamas, crepitando con furia, bañaban de claridad un escampado, en el que se apiñaban caballos, mulas y una multitud de gente que daba voces y gritos de terror. Cando Ignacio detuvo el landó, varias señoras que iban a pie asaltaron el carruaje pidiendo a Antonia un asiento. A sus ruegos clamorosos respondió señalándoles silenciosamente a su padre.

—Debo separarme de ustedes aquí —dijo Carlos Gould en medio del alboroto que se había producido con el incendio.

Las llamas se elevaban a gran altura, y la tropa de fugitivos, huyendo del calor de horno que cruzaba el camino, se apretaba contra el carruaje. Una señora de edad media, cuyo vestido negro de seda desentonaba de la tosca manta rodeada a la cabeza y de la rama que le servía de bastón, vaciló contra una de las ruedas delanteras. A sus brazos se asían dos muchachas medrosas y calladas. Carlos Gould las conocía perfectamente.


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