Nostromo

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—¡Misericordia! —exclamó, dirigiéndose a Gould con una sonrisa forzada—. Vamos terriblemente baqueteadas entre esta turba. Hemos tenido que partir a pie, porque todos nuestros criados huyeron ayer para unirse a los demócratas. Nosotras hemos resuelto ponernos bajo de la protección del vado corriendo a galope con grandes gritos y restallar de látigos.

Gruesas masas de humo negro mezclado de chispas pasaban por encima del camino; los bambúes que formaban la armazón del rancho incendiado detonaban en el fuego con el estruendo de una descarga irregular de fusilería. Después, el fulgor de la llama se atenuó repentinamente, dejando sólo una oscuridad rojiza en la que bullían sombras negras, arrastradas en direcciones contrarias; el vocerío se extinguió a la vez que la llama; y el tumulto de cabezas, brazos, disputas e imprecaciones pasó, desvaneciéndose en las tinieblas.

—Sin remedio he de dejarlos a ustedes ahora —repitió Carlos Gould a Antonia, que volvió hacia él la cabeza lentamente y se descubrió el rostro.

El emisario y compadre de Hernández acercó el caballo al carruaje.

—El dueño de la mina ¿tiene algún recado que enviar a Hernández, que es el amo del Campo?


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