Nostromo
Nostromo La propiedad de la comparación sorprendió vivamente a Carlos Gould. La tenacidad y precario poder con que él poseía la mina corría parejas con la tozudez e inseguridad del bandido en cuanto al dominio del Campo. Eran iguales ante la anarquía del país. Los contactos envilecedores en que esa anarquía enredaba a los que deseaban proceder honradamente no podían evitarse. Por todas partes se extendía una red tupida de crimen y corrupción. Al pensarlo, un desaliento y lasitud inmensa selló sus labios por algún tiempo.
—Usted es un hombre recto —insistió el emisario de Hernández—. Considere usted a esa gente que ha hecho general a mi compadre y soldados a nosotros. Vea usted a esos señores que buscan su salvación en la huida, sin llevar consigo mas que algunas prendas de vestir a la espalda. Mi compadre no repara en ello, pero mis camaradas tienen tal vez sus dudas; y yo quiero hablarle a usted en su nombre. Oiga señor. Llevamos ahora muchos meses dominando enteramente el Campo. Nosotros no necesitamos pedir nada a nadie; pero los soldados deben tener su paga, para vivir honradamente, cuando las guerras hayan terminado. Se le tiene a usted por tan justo, que una oración de sus labios lograría la curación de todas las bestias enfermas, por ser la plegaria de un juez íntegro y puro. Dígame usted algunas palabras que obren a manera de conjuro mágico sobre las dudas de nuestra partida, donde todos son hombres.