Nostromo
Nostromo Carlos Gould siguió su camino y penetró en el portal de su casa. En el patio, cubierto de paja, un practicante de los enfermeros indígenas del doctor Monygham, sentado en el suelo con la espalda apoyada en el borde de la fuente, punteaba discretamente una guitarra, mientras dos muchachas de la ínfima clase, erguidas ante él, zapateaban con suavidad, y balanceaban los brazos tarareando una canción popular. La mayoría de los heridos en los dos días de revuelta había sido retirada ya por sus amigos y parientes, pero veíanse todavía algunos que se habían incorporado y movían sus cabezas vendadas al compás de la música. Carlos Gould se apeó. Un mozo, medio dormido, saliendo de la panadería, tomó la brida del caballo; el practicante procuró ocultar a toda prisa la guitarra; las muchachas sin avergonzarse, retrocedieron un poco sonriendo; y Carlos Gould, al encaminarse a la escalera, volvió los ojos a un rincón oscuro del patio y los fijó en otro grupo formado por un cargador mortalmente herido y una mujer arrodillada a su lado, que rezaba apresuradamente, mientras se esforzaba por introducir ente los rígidos labios del moribundo un trocito de naranja.