Nostromo

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—Y ¿quién sino yo había de acaudillarles? Por desgracia he dado a don Carlos mi palabra de honor de no consentir que la mina caiga en manos de esos ladrones. En la guerra, ¿sabe usted, Padre?, la suerte de las batallas es incierta, y ¿a quién podría yo dejar que me sustituyera aquí en caso de derrota? Los explosivos están dispuestos. Pero se necesitaría un hombre de honor, de inteligencia, de cordura, de valor, para realizar la destrucción preparada. Alguien en quien pudiera confiar tanto como en mí propio. Otro antiguo oficial de Páez, por ejemplo. O… o… tal vez uno de los veteranos capellanes de Páez serviría.

Levantóse, alto, enjuto, derecho, duro, con su marcial bigote y la huesuda forma de su cara, desde la cual la mirada de los ojos hundidos parecía traspasar al sacerdote. Este permaneció de pie, inmóvil, y contempló sumiso, sin hablar, con la vacía caja de rapé boca abajo en la mano, al gobernador de la mina.







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