Nostromo
Nostromo —¿Por qué Sotillo ha dado tormento a este infeliz? ¿Lo sabe usted? No hay tortura como la del miedo que padecÃa. Comprendo que le matara, porque no se podÃa sufrir el espectáculo de su angustia. Pero ¿a qué atormentarle de ese modo? No podÃa declarar más.
—No; no podÃa decir más. Cualquier persona sensata lo hubiera comprendido asÃ. Pero debe usted saber una cosa, capataz. Sotillo no quiso creer lo que dijo. Ni una palabra.
—¿Qué es lo que no quiso creer? No comprendo.
—Yo sÃ, porque le he visto. Se niega a creer que se haya perdido el tesoro.
—¿Qué? —interrogó el capataz en tono descompuesto.
—¿Le sorprende a usted, eh?
—¿Quiere usted decir, señor —prosiguió Nostromo con intención y como poniéndose en guardia—, que, ajuicio de Sotillo, el tesoro se ha salvado por algún medio?