Nostromo
Nostromo —¡No!, ¡no! Eso serÃa imposible —replicó el doctor convencido; y Nostromo profirió un refunfuño en la oscuridad—. Eso serÃa imposible. Cree Sotillo que la plata no estaba en la gabarra cuando se hundió. Está convencido de que toda la comedia de embarcarla ha sido un artificio para engañar a Camacho y sus nacionales, a Pedrito Montero, al señor Fuentes, nuestro nuevo jefe polÃtico, y a él mismo. Pero dice que él no es tan tonto.
—Entonces está loco, o es el mayor imbécil que jamás llevó el tÃtulo de coronel en este desgraciado paÃs —gruñó Nostromo.
—Su razonar no es más disparatado que el de muchos hombres —dijo el doctor—. Se ha persuadido de que el tesoro puede hallarse, porque desea apasionadamente apoderarse de él. Además teme que los oficiales se le subleven y se pasen a Pedrito, a quien no tiene el valor de combatir ni de reconocer. ¿Comprende usted, capataz? Mientras quede alguna esperanza de echar la garra a esa enorme cantidad de plata, no tiene que inquietarse por deserciones. Yo he puesto empeño en mantener viva esa esperanza.
—¿De veras? —inquirió el capataz con cautela—. Bien; es admirable. Y ¿por cuánto tiempo piensa usted seguir con esa tarea?
—Mientras pueda.
—¿Qué quiere decir eso?