Nostromo

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Únicamente la señora de Gould podía mantener dentro de los debidos límites la incredulidad del maldiciente en la nobleza de los móviles humanos; pero aun ella (en una ocasión no relacionada con Nostromo, y en un tono que a él le pareció afable) le había dicho también: «Realmente es absurdo exigir a un hombre que forme de los demás mejor concepto que el que tiene de sí mismo».

Y la señora de Gould había abandonado el tema sin dilación. Corrían extraños rumores sobre el doctor inglés. Años atrás, en tiempos de Guzmán Bento, anduvo mezclado, según se susurraba, en una conspiración, que fue denunciada por uno de sus miembros y, al decir de la gente, ahogada en sangre. El cabello se le había vuelto entrecano; su rostro barbilampiño y cruzado por costurones tenía color rojizo, y su costumbre de usar ancha camisa de franela, a cuadros de diversos colores, y panamá teñido era una provocación constante a los usos establecidos en Sulaco. A no ser por la inmaculada limpieza de su atavío, se le hubiera tomado por uno de esos europeos pendularios, que desacreditan a cualquier colonia de su patria en casi todos los países del mundo.




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