Nostromo

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Las señoritas de Sulaco, que adornaban con grupos de lindas caras los balcones de la calle de la Constitución, cuando le veían pasar renqueando, cabizbajo, la corta chaqueta de hilo vestida con desgarbo sobre la abigarrada camisa de franela, se decían unas a otras: «Aquí tenemos al señor doctor que va a visitar a doña Emilia. Lleva puesta su chaquetita». El hecho era cierto, pero la significación más honda del mismo se ocultaba a sus sencillas inteligencias. Fuera de que tampoco pensaban mucho en el doctor. Era viejo, feo, instruido —y un poco loco—, teniendo además ciertos ribetes de hechicero, según sospechas del pueblo bajo. Hagamos constar que la chaquetita blanca era una concesión a la influencia humanizadora de la señora de Gould.

El doctor, hombre de lenguaje incorregiblemente mordaz y escéptico, no sabía expresar de otro modo el respeto profundo que le inspiraba la mujer conocida en el país con la denominación de «la señora inglesa». El cínico pesimista le rendía ese homenaje con entera sinceridad; lo cual no era poco para un tipo de su condición. La señora de Gould lo echaba de ver claramente; y por su parte nunca le hubiera pasado por las mientes obligarle a una prueba tan señalada de deferencia.



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