Nostromo
Nostromo Ante los ojos del capataz, que miraban fijamente a la entrada de la oscura escalera, flotó la forma de la Gran Isabel, semejante a un barco en peligro, cargado con una riqueza enorme y la vida de un hombre solitario. Le era imposible hacer nada. Sólo podía guardar silencio, ya qué no había nadie de quien fiarse. El tesoro se perdería probablemente… a no ser que Decoud… Y su pensamiento se interrumpió de pronto. Echó de ver que no podía conjeturar absolutamente nada de lo qué haría Decoud.
El viejo Viola no se movió. Y el capataz, en la postura que tenía, veló parcialmente la mirada bajo de sus largas y sedosas pestañas, que daban a la parte superior de su rostro fiero, con negras patillas, un dejo de candor femenino. El silencio había durado largo tiempo.
—¡Que Dios haya dado el eterno descanso a su alma! —murmuró en tono lúgubre.