Nostromo

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El sol estaba a dos horas del horizonte cuando se levantó escuálido, sucio, cadavérico, y miró al astro rey con ojos orlados de púrpura. Sus miembros le obedecían tardos, como si estuvieran llenos de plomo, pero no sentía temor, y el efecto de aquel estado físico dio a sus movimientos una dignidad resuelta y deliberada. Procedía como si estuviera ejecutando una especie de rito. Bajó a la barranca, porque la fascinación de toda aquella plata, con el poder que encerraba, seguían sobreviviendo, como cosa única, fuera de él. Recogió el cinto con el revólver, que yacía allí, y se lo ciñó a la cintura.

La cuerda del silencio no podía estallar en la isla. Había que dejarla caer y sumergirla en el mar, pensó. ¡Y sumergirla hasta el fondo! Quedóse mirando a la tierra removida que cubría el tesoro. ¡En el mar! Su aspecto era el de un sonámbulo. Dejóse caer perezosamente de rodillas, y arañó por algún tiempo la tierra con paciencia diligente hasta descubrir una de las cajas. Sin detenerse, como quien ejecuta una labor que ha hecho antes muchas veces, la rajó y sacó cuatro lingotes que metió en los bolsillos. Cubrió de nuevo la caja y paso a paso salió de la barranca. Los arbustos se cerraron tras él chirriando.



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