Nostromo
Nostromo El tercer día de su soledad fue cuando arrastró la canoa a la vera del agua con intención de alejarse remando a cualquier punto; pero había desistido, en parte, por el asomo de esperanza en el regreso de Nostromo, y en parte por haberse convencido de la evidente inutilidad de todo esfuerzo.
Ahora sólo se necesitaba dar un ligero empujón a la canoa para ponerla a flote. La poca comida que había tomado diariamente desde su permanencia en aquel lugar le había conservado alguna fuerza muscular. Manejando los remos despacio, navegó alejándose de la mole rocosa de la Gran Isabel, que se alzaba a su espalda, cálida de sol como de calor de vida, bañada de arriba abajo en rica luz, a modo de una radiación de esperanza y alegría. Remó en dirección al astro del día, próximo a ponerse. Cuando el golfo se oscureció, cesó de remar y metió dentro las paletas. El choque de éstas contra la tablazón del bote fue el ruido más fuerte que oyó en su vida. Le sonó a una revelación, a un llamamiento venido de lejos. Por su mente pasó el pensamiento: «Quizá duerma esta noche»; pero no lo creyó. No creía en nada; y continuó sentado en el banco de remar.