Nostromo

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El alba, que empezaba a clarear por detrás de las montañas, puso un vago resplandor en sus ojos extáticos. Tras un amanecer diáfano, el sol apareció espléndido encima de los picos de la sierra. El gran golfo se encendió de pronto con un inmenso centelleo todo alrededor del bote, y en el esplendor de aquella soledad implacable, el silencio se le presentó de nuevo, tirante a punto de romperse, como una cuerda negra y fina.

Sus ojos la miraban, mientras sin prisa mudaba de asiento, pasando del banco a la borda. La miraban fijamente, y al mismo tiempo su mano, palpando alrededor de la cintura, desabrochó la tapa de la bolsa de cuero, sacó el revólver, lo amartilló, lo volvió apuntando a su pecho, oprimió el gatillo y, con un esfuerzo convulsivo, lanzó el arma todavía humeante dando vueltas por el aire.

Sus ojos siguieron mirando a la misteriosa cuerda, cuando cayó de cara con el pecho doblado sobre la regala del bote y los dedos de la mano derecha agarrotados, como garfios, al banco de remar. La miraron…

«Se acabó,» dijo vertiendo un repentino chorro de sangre. Su ultimo pensamiento fue: «Desearía saber cómo ha muerto el capataz».


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