Nostromo

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La rigidez de los dedos se aflojó, y el amante de Antonia Avellanos cayó al mar por la borda sin haber oído estallar la cuerda del silencio en la soledad del Golfo Plácido, cuya superficie centelleante no se alteró con la caída de su cuerpo.

Víctima de una lasitud sin ilusiones, que es el premio reservado a la audacia intelectual, el brillante don Martín Decoud, lastrado por las barras de plata de Santo Tomé, desapareció sin dejar rastro, sepultado en la inmensa indiferencia de las cosas. Su desvelada y abatida figura dejó de yacer junto a la plata de Santo Tomé, y por algún tiempo los espíritus del bien y del mal que rondan alrededor de todo tesoro escondido pudieron creer éste olvidado de todos los hombres.

Después, al cabo de algunos días, otra forma apareció avanzando a grandes zancadas de espalda al sol poniente, para ir a sentarse y aguardar inmóvil y despierta en la estrecha barranca tenebrosa durante toda una noche, casi en la misma postura y en el mismo sitio en que se había sentado el otro hombre atormentado de insomnio, que con tanta calma se había ausentado para siempre en un pequeño bote a la hora de ponerse el sol. Y los espíritus del bien y del mal que rondan en torno a los tesoros escondidos comprendieron bien que la plata de Santo Tomé poseía ahora un esclavo leal y por toda la vida.


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