Nostromo
Nostromo Con la barbilla descansando entre las puntas del cuello de la camisa, miraba con furtivo apasionamiento a la señora, con ojos que por fortuna eran redondos y duros como bolitas de mármol veteado, impotentes para dejar traslucir los sentimientos ocultos. SentÃase conmovido hasta derramar lágrimas de compasión al observar en el rostro de aquella mujer las huellas del tiempo y los indicios de agotamiento y cansancio que desfiguraban los ojos y mejillas de la «señora infatigable,» como desde hacÃa años solÃa llamarla con admiración don Pepe.
—No se vaya usted todavÃa —insistÃa con afabilidad la señora de Gould—. Hoy tengo todo el dÃa por mÃo. Aún no hemos regresado oficialmente. No vendrá nadie. Hasta mañana no se iluminarán las ventanas de la casa para una recepción.
El doctor se dejó caer en una silla.
—¿Van ustedes a dar una tertulia? —preguntó con frialdad.
—Una veladita sencilla para los amigos que quieran venir.
—¿Y sólo mañana?
—SÃ. Carlos estará muy cansado después de pasar un dÃa entero en la mina, y asà yo… Me hubiera gustado tenerla para mà sola una tarde después de regresar a la casa que amo, porque ella ha visto toda mi vida.