Nostromo

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Después del almuerzo, doña Emilia y el señor doctor salieron lentamente por la puerta interior del patio. Ante ellos dilataron sus ámbitos los espaciosos jardines de la casa Gould, cercados por altas paredes, sobre las que se tendían las pendientes de los tejados vecinos, cubiertas de tejas rojas alternando con masas de sombra entre el arbolado de los alrededores y trozos de pradera inundados de sol. Una triple hilera de viejos naranjos rodeaba el conjunto. Jardineros de tez morena, descalzos, con camisas blancas como la nieve y anchas calzoneras, aparecían diseminados en toda la extensión del terreno, agachados sobre los lechos de flores, pasando por entre los árboles, arrastrando delgadas mangueras de caucho sobre la grava de los paseos, y los finos chorros de agua se cruzaban en graciosas curvas, destellando a la luz del sol, cayendo con un suave golpeteo sobre los arbustos y causando el efecto de verter una lluvia de líquidos diamantes sobre la hierba.

Doña Emilia, recogida en la mano la cola de un vestido claro, paseaba al lado del doctor Monygham, que lucia un luengo redingote negro y un sencillo lazo del mismo color sobre una pechera inmaculada. A la sombra de frondoso grupo de árboles, donde habían esparcidas algunas mesitas y sillas de mimbre, la señora de Gould se acomodó en un asiento bajo y holgado.

—No se vaya usted todavía —dijo al doctor, que no acertaba a pedir permiso para retirarse.


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