Nostromo

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Después, al llegar la hora, sentado solo en el gran landó, detrás de las mulas blancas, un poco al lado, el semblante contraído y envenenado por la violencia del esfuerzo para dominarse, con un par de guantes nuevos en la mano izquierda, partió en el carruaje hacia el puerto.

De tal modo se le ensanchó el corazón cuando vio a los Goulds en el puente del Hermes, que sus saludos de bienvenida se redujeron a un balbuceo inexpresivo. Mientras el landó regresó a la ciudad, los tres permanecieron silenciosos; y ya en el patio de la casa, el doctor acertó a decir de un modo más natural:

—Les dejo a ustedes solos. Volveré mañana, si ustedes me permiten.

—Venga usted a almorzar, querido doctor Monygham, y venga pronto —dijo la señora de Gould con el velo echado y sin haberse quitado aún el vestido de viaje, volviéndose para mirarle al pie de la escalera; mientras en el primer descansillo la imagen de la Virgen, vestida de azul y con el Niño en brazos, parecía dispensarle una acogida de compasiva ternura.

—No espere usted hallarme en casa —le advirtió Carlos Gould—. Saldré temprano para la mina.


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