Nostromo
Nostromo ¿Pero después? —se preguntó—. Más tarde, cuando un torrero viniera a vivir en la caseta, que se estaba construyendo a unos ciento cincuenta metros detrás de la torre y a cuatrocientos poco más o menos de la oscura, sombrÃa y fragosa barranca, donde se guardaba el secreto de su seguridad, de su influencia, de su esplendidez, de su poder sobre lo futuro, de su desprecio de la adversidad, de todas las traiciones posibles, vinieran de ricos o de pobres…, ¿qué pasarÃa entonces? No podrÃa saquear el tesoro. Su audacia, superior a la de los demás hombres, le habÃa infiltrado en su vida aquella vena de plata. Y el sentimiento de una sujeción terrible y ardiente, el sentimiento de una esclavitud tan irremediable y profunda, que a menudo en sus reflexiones se comparaba a los legendarios gringos, ni muertos ni vivos, encadenados a su conquista de una riqueza vedada en Azuera, oprimÃa pesadamente al independiente capitán Fidanza, dueño y patrón de una goleta costera, cuyo elegante aspecto (y fabulosa suerte en el tráfico) eran proverbiales a lo largo de la costa occidental de un vasto continente.