Nostromo
Nostromo Las prudentes pisadas del amante se cortaron en seco, y, con los ojos despidiendo un brillo salvaje, respondió él con aspereza:
—TodavÃa no. Necesito enriquecerme poco a poco… —Y añadió con tono amenazador—: No olvides que tu enamorado es un ladrón.
—¡SÃ!, ¡sÃ! —musitó de prisa—. ¡Acércate más! ¡Oye! ¡No me abandones, Giovanni! ¡Nunca, nunca!… ¡Tendré paciencia!…
Su busto se inclinó con ternura sobre el alféizar de la ventana hacia el esclavo del tesoro mal adquirido. La luz del cuarto se extinguió, y el magnÃfico capataz, cargado con la plata, abrazó el blanco cuello de su adorada en la oscuridad del golfo, como el hombre que se ahoga se agarra al primer objeto puesto a su alcance.